Descubriendo el cine de Rohmer


Surfear el inmenso catálogo de Filmin conlleva ciertos peligros. Uno puede encontrarse con una buena dosis de cine indie de postureo o de cine pretencioso de festival, pero también con auténticas maravillas, como la filmografía completa del director francés Éric Rohmer. El cine de Rohmer —¡bendito descubrimiento!— es de esos que le recuerdan a uno por qué ama tanto este arte. Un cine sin artilugios, con sobrias puestas en escena, hecho simplemente de diálogos para deleitarse y de unas actuaciones que le dan auténtica vida. Para que os hagáis una idea, os voy a dar tres pistas.

En primer lugar, su capacidad para elevar el lenguaje humano con mínimos recursos. Rohmer solo necesita dos personajes profundos y un conflicto: de ahí surge la magia del diálogo, mientras que la puesta en escena permanece discreta y nunca tapa a los personajes. Es un cine que demuestra que no hacen falta grandes artificios para ser profundo. Pura maestría la de conseguir elevar lo cotidiano y darle al lenguaje humano una densidad extraordinaria.

Por otro lado, y es lo que hace que Rohmer siga siendo muy actual, está la universalidad de sus temas. Aunque sus películas estén ancladas en un contexto muy concreto, lo que tratan es intemporal. El amor, el deseo, la duda, la fidelidad o la contradicción entre lo que se piensa y lo que se hace siguen siendo experiencias totalmente reconocibles hoy. Es un cine que cuestiona e interpela directamente al espectador: sus dilemas éticos son un pequeño alfiler que nos pincha constantemente.

Por último —aunque podría seguir horas y no quiero ser tan pesado—, Rohmer es un cineasta muy lúcido, pero nunca distante ni solemne. Sus películas piensan mucho, al igual que las de Woody Allen, del cual ya conocéis mi humilde opinión. Pero al contrario que Allen, los filmes de Rohmer piensan desde la cercanía, la conversación y la observación de lo humano, sin caer en el intelectualismo frío ni en el exhibicionismo cultural y estético, para envidia del cine de Sorrentino, del que, sin pelos en la lengua, yo siempre hablo de estética vacía.

No os voy a dar más el rollo y os invito a descubrir a este maravilloso director. Os propongo tres títulos para comenzar, los que más me han gustado: Un cuento de veranoUn cuento de primavera y Mi noche con Maud.

Con gran valor,

Daniel Sabat

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