Trainspotting (1996): una mirada ácida y brutal a la drogadicción
Quizás el mayor logro del filme resida en su capacidad para esquivar el prejuicio fácil. Boyle se limita —eso sí, marcando su característico y endiablado ritmo— a exponer la miseria humana: muestra cómo la drogadicción deshumaniza a quienes la padecen y los convierte en sujetos profundamente nihilistas. No por elección, sino arrastrados de forma irremediable por su propia adicción. En algunos tramos, la narración se vuelve algo caótica y lo explícito, ligeramente gratuito, pero la historia sostiene bien el pulso gracias a las interpretaciones (especialmente la de un Ewan McGregor muy joven) que, lejos de apoyarse en estereotipos, exploran con naturalidad personalidades ambiguas y llenas de matices como la de un drogadicto.
Esta sátira amarga de una generación de los noventa anestesiada por el hedonismo y por la promesa de una modernidad centrada en el placer se deja extrapolar con facilidad a nuestros días. Quizás la heroína no estructura nuestras vidas, pero conviene preguntarse qué otros «chutes» —de la pornografía a la adicción al móvil— nos constriñen hoy en el estrato más vegetativo de la vida.
Con gran valor,
Daniel Sabat
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