Trainspotting (1996): una mirada ácida y brutal a la drogadicción


Puntuación: 8/10💫

"El mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, incluso los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años no habrá tíos ni tías, solo gilipollas". Con esta sentencia, escupida por el protagonista Mark Renton, se fija el filo moral de la historia de Trainspotting: el retrato de un grupo de jóvenes perdidos en Edimburgo, atrapados entre la heroína y el vacío de la delincuencia. Considerada por muchos un icono cultural y uno de los mejores trabajos de Danny Boyle, Trainspotting es una representación ácida de la autodestrucción, que la exhibe con crudeza y alterna sin descanso entre euforia y miseria.

Quizás el mayor logro del filme resida en su capacidad para esquivar el prejuicio fácil. Boyle se limita —eso sí, marcando su característico y endiablado ritmo— a exponer la miseria humana: muestra cómo la drogadicción deshumaniza a quienes la padecen y los convierte en sujetos profundamente nihilistas. No por elección, sino arrastrados de forma irremediable por su propia adicción. En algunos tramos, la narración se vuelve algo caótica y lo explícito, ligeramente gratuito, pero la historia sostiene bien el pulso gracias a las interpretaciones (especialmente la de un Ewan McGregor muy joven) que, lejos de apoyarse en estereotipos, exploran con naturalidad personalidades ambiguas y llenas de matices como la de un drogadicto.

Esta sátira amarga de una generación de los noventa anestesiada por el hedonismo y por la promesa de una modernidad centrada en el placer se deja extrapolar con facilidad a nuestros días. Quizás la heroína no estructura nuestras vidas, pero conviene preguntarse qué otros «chutes» —de la pornografía a la adicción al móvil— nos constriñen hoy en el estrato más vegetativo de la vida.

Con gran valor,

Daniel Sabat

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