Hablemos claro de Stranger Things
Stranger Things: Una despedida honesta
El final de Stranger Things no es solo el cierre de una serie de éxito. Es la despedida de una historia que ha acompañado casi una década de nuestras vidas. Para muchos —para mí—, no ha sido simplemente una ficción: ha sido esa serie que veía en el caluroso altillo de la casa de mis abuelos en verano, que comentaba en los pasillos con mis amigos, que me acompañó cuando el mundo comenzaba a ser más complicado de lo que creía. Una presencia constante y muy natural.
Por eso este texto, a modo de despedida, no nace ni del rechazo ni del fanatismo que acepta cualquier decisión creativa como incuestionable. Nace del cariño, sí, pero también de la necesidad de ser honesto. Porque querer una serie no implica aplaudirlo todo, y Stranger Things hace tiempo que empezó a tomar decisiones discutibles que han acabado por diluir su resultado final.
Las primeras temporadas: cuando la magia existía
Las tres primeras temporadas funcionan porque Stranger Things no tenía prisa por ser épica. Su narrativa era sencilla, directa, casi humilde. El misterio se construía poco a poco, el ritmo era pausado y la historia confiaba en el espectador sin necesidad de explicarlo todo.
Había en ellas algo irrepetible: niños comportándose como niños. Recuerdo a Dustin soltando una broma torpe mientras están en peligro, o a Mike mirando a Once sin necesidad de gritos románticos. La naturalidad de Gaten Matarazzo o Finn Wolfhard no parecía interpretada, sino vivida. Los diálogos fluían, las relaciones eran creíbles y la amenaza del Upside Down funcionaba precisamente porque no se entendía del todo. Daba miedo porque estaba mal definida, porque era incómoda y extraña. La serie no gritaba, no se sobreexplicaba, no necesitaba convertir cada episodio en un acontecimiento. Y eso, paradójicamente, la hacía especial.
El momento en que Stranger Things dejó de confiar en sí misma
El problema llega cuando la serie decide crecer demasiado. A partir de la cuarta temporada, la escala se dispara: más personajes, más subtramas, más explicaciones, más lore. La sensación es clara: Stranger Things empieza a tener miedo al silencio y al ritmo lento.
Todo debe pasar rápido. Todo debe impactar. Cada episodio necesita justificar su duración con giros constantes, como si la serie temiera que, si se detiene, el espectador se desconecte. El resultado es una narrativa atropellada: demasiadas historias pidiendo espacio, ninguna con suficiente aire para respirar. Confunde complejidad con saturación y ambición con ruido.
Personajes añadidos: cuando la cantidad diluye el resultado
Uno de los síntomas más evidentes de este desgaste es la acumulación de personajes secundarios mal integrados. No es un problema de representación, ni de diversidad, ni de intenciones. Es un problema de escritura.
Robbie es quizá el caso más evidente. Cada vez que aparece, su sexualidad lleva un cartel: aquí viene un personaje queer. No existe de forma natural dentro de la historia; existe para representar algo. Y no es culpa de la actriz, sino de una escritura que confunde identidad con caricatura. Algo parecido ocurre con Holly, cuyo protagonismo creciente resulta forzado y poco orgánico, o con personajes como la chica árabe en la última temporada, introducidos sin tiempo real para desarrollarse ni peso emocional suficiente. Son figuras funcionales, utilitarias, creadas para cumplir una cuota narrativa o simbólica, no para enriquecer el relato. La consecuencia es clara: demasiados personajes compitiendo, muy pocos realmente memorables.
Los que sostienen la serie cuando todo amenaza con caerse
A pesar de todo, Stranger Things no se derrumba gracias a un núcleo muy concreto: Steve Harrington, Dustin, Hopper, Joyce, Max y Murray son el corazón real de la serie. Su carisma no depende de discursos grandilocuentes ni de giros forzados. Evolucionan de manera orgánica, conservan sentido del humor, humanidad y presencia. Están ahí porque tienen algo que aportar, no porque la trama los necesite desesperadamente.
En contraste, personajes fundamentales como Once o Will pierden fuerza con el paso del tiempo. Once se convierte en un recurso narrativo más que en un personaje, y Will queda atrapado en una repetición constante de su sufrimiento, sin verdadera evolución.
Cuando la emoción se convierte en espectáculo
Uno de los momentos más reveladores de este problema es el famoso discurso de Will. Una escena que debería ser íntima —Will confesándose en la oscuridad, con la voz rota— se convierte en un acto de fe ante un teatro lleno. Steve está de pie, mirando. Hopper está de pie. Joyce está de pie. Todos presenciando. Y la magia desaparece: ya no es una confesión, es un performance. Ya no es verdad, es discurso.
Lo mismo ocurre en otros momentos clave. La serie nos dice cómo sentir en lugar de permitirnos sentir. No confía en el silencio ni en la mirada, y opta por explicarlo todo en voz alta, rompiendo la verosimilitud que había definido sus mejores momentos. De repente, ves al actor, no al personaje.
El clímax como rutina
Otro desgaste evidente es la estructura circular de la serie. Temporada tras temporada, se repite el mismo esquema: amenaza creciente, gran plan, clímax final. Al principio funciona; después, se vuelve previsible. Cada final intenta ser más grande que el anterior, pero cuanto más se fuerza la épica, menos impacto real tiene. Cuando el clímax se convierte en obligación, deja de ser especial.
Una despedida imperfecta, pero honesta
Y aun así, cuando pienso en Stranger Things, no pienso en la última temporada. Pienso en esos niños en un sótano, en Hopper comiéndose una pizza fría, en el miedo genuino de no saber qué venía después. Esa serie —esa otra serie— seguirá siendo especial. Porque empezó tan bien que ningún final puede quitarle eso.
Quizá la serie quiso ser demasiado grande para su propio bien. Quizá perdió parte de su alma en el camino. Pero durante mucho tiempo fue sincera, emocionante y profundamente entrañable. Y por eso, incluso con sus tropiezos, Stranger Things seguirá siendo una serie que guardaré en el corazón. No por cómo termina, sino por todo lo que fue cuando todavía creía en la sencillez.
Con gran valor,
Daniel Sabat
P.D: he escogido a Steve y Dustin como imagen de la portada. Su relación es lo más entrañable que Stranger Things ha dado. Y ambos, a pesar de todo, siguieron siendo ellos mismos.
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