Magnolia (1999)
Puntuación: 7/10 💫
Buen inicio de semana queridos lectores de cine y valor.
En el día de hoy voy a tratar de hacer una crítica que, de entrada, presenta numerosas dificultades. Estas dificultades se asocian con los sentimientos análogos y contradictorios que he experimentado al ver Magnolia, del cineasta Paul Thomas Anderson. Siendo sinceros, desconocía bastante el cine de Anderson hasta el día de hoy. Con el estreno de su nueva película Una batalla tras otra, que de entrada no despertó en mí un gran interés, he decidido adentrarme en el mundo cinematográfico de este peculiar director estadounidense. Y qué mejor manera de hacerlo que con lo que muchos consideran su obra magna y la más ambiciosa: Magnolia.
Magnolia parte de una premisa o ambición artística muy grande: es un intento de capturar la totalidad emocional y moral de una comunidad en un solo día. Nueve líneas narrativas entrelazadas en la ciudad de Los Ángeles, unidas mediante denominadores comunes: la belleza dentro del dolor, la conexión entre las personas y lo inexplicable del mundo. Está claro que Anderson apunta alto, quizá demasiado. Mantener esa ambición a lo largo de tres horas de película es un reto del que no siempre se sale indemne.
Por mi parte, voy a tratar de explicar de la forma más objetiva por qué Magnolia ha producido en mí esa sensación ambigua de la que hablaba antes, sin tratar de desacreditar su estatus de clásico, tema sobre el que no entraré a opinar.
Empezando con la vertiente más positiva, el elenco actoral y su solvencia interpretativa son espectaculares. Cruise, Hoffman, Moore, Reilly… todos están magníficos, y sus personajes tienen una gran profundidad humana. Destaco especialmente a Tom Cruise, en un papel que me hubiera costado creer que interpretara y menos de la manera en que lo hace: un gurú misógino de autoayuda que esconde un pasado familiar tormentoso.
Otros elementos a destacar son lo conseguidos que están los diálogos en ciertas escenas. Pero aquí el film choca con la primera contradicción: hay un desbordamiento de intensidad excesivo en algunas conversaciones o monólogos. Recurre frecuentemente a la catarsis, lo que conduce a una sensación de artificialidad o emoción impuesta. En este aspecto entra en juego la banda sonora, casi como una analogía emocional. La música de Aimee Mann es preciosa y tiene un ritmo encantador; mi crítica no va hacia su calidad, sino hacia cómo se utiliza dentro del relato. Las canciones parecen diseñadas para forzar la catarsis del espectador, reforzando cierta sensación de artificio en el tono de la película.
Por otro lado, cabe reconocer la energía narrativa de Anderson y su valentía formal. Es capaz de combinar las distintas tramas con gran pulso sin perder la atención del espectador. Aun así, debido a que la película tiene una estructura tan coral y a la multiplicidad de personajes, se producen ciertas desigualdades entre tramas. No todas tienen el mismo peso. Algunas pecan de redundancia y otras se resuelven con demasiada prisa.
Centrándome en la temática, me encanta que Anderson explore temas de gran peso existencial como la culpa y el perdón, la soledad, la finitud de la vida o la búsqueda de sentido. Pero aquí Anderson cae en cierto ego autoral, en el “querer ser importante”. Al querer tocar tantos temas a la vez, la película se siente sobrecargada. No consigue la fuerza emocional que tendría una trama unificada que explore con mayor paciencia el desarrollo de los personajes.
Como han visto, estoy confundido. Reconozco en todos los aspectos del film una balanza demasiado equilibrada. Veo potencial, pero también carencia o exceso. Siento cierta impotencia en mí; es un querer y no querer. Lo que les aseguro es que no perderán el tiempo si la ven, y ustedes juzgarán según crean. El estilo de Magnolia es inclasificable y, por tanto, difícil de opinar sobre ella.
Con gran valor,
Daniel Sabat
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