¿Qué pasa con Woody Allen?




Sobre Woody Allen solo hay dos posturas: adorarlo o rechazarlo. No hay término medio. Después de ver Annie Hall, Manhattan y Toma el dinero y corre, decidí de qué lado estoy. Y creo que el problema no es que Allen sea mal director—es que es demasiado director, si es que se entiende.

Allen tiene ese don de parecer inteligente. Sus diálogos suenan profundos, su cine se ve reflexivo. Pero hay algo que no encaja: sus personajes no son personas, son su voz. Hablan por él. En lugar de vivir sus conflictos, los explican. Verlos es como escuchar a alguien pensando en voz alta durante dos horas. No hay silencio, no hay espacio para que la verdad emerja por sí sola.

El verdadero problema está en cómo Allen construye a sus personajes. Son tan inteligentes, tan neuróticos, tan Allen, que pierden cualquier rastro de humanidad. No tienen sorpresas. No tienen ese caos que caracteriza a las personas reales. Todo en sus películas pasa por el filtro del lenguaje—como si la vida solo existiera cuando se verbaliza.

Terrence Malick hace lo contrario. En La delgada línea roja o El árbol de la vida, los personajes simplemente existen. No necesitan explicarse. La verdad está ahí, en una mirada, en el silencio, en la luz. Malick confía en la imagen; Allen no. Por eso Allen necesita que todo se diga, que todo se justifique. Es la diferencia entre un cineasta que confía en el cine y uno que confía en sus palabras.

Al final, el cine de Allen es producto de una visión cerrada de la vida: el individuo atrapado en sí mismo, hablando consigo mismo, sin salida. Y eso es lo que transmite. No te permite pensar diferente. No te permite transcender. Solo te encierra en el mismo monólogo narcisista.

Con gran valor,

Daniel Sabat


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