La isla de belladona (2026): Jugar sucio con el espectador


La isla de Belladona, una producción independiente francesa que vi hace poco en el cine, juega muy sucio con el espectador y recurre a un tipo de estrategia que, al menos para mí, se aleja bastante de lo que debería ser el cine. La película narra la historia de una joven y un pequeño grupo de ancianos que viven aislados en una isla, en un futuro distópico donde las personas mayores son apartadas de la sociedad al cumplir cierta edad.                                                                                                        Durante la mayor parte de sus noventa minutos, el filme se sostiene como una historia sencilla, con algunos problemas de ritmo y una protagonista cuya actuación resulta algo difusa. Pero no es ahí donde quiero detenerme. El verdadero conflicto aparece en los últimos diez o quince minutos, cuando la película abandona cualquier sutileza y se transforma en un mensaje ideológico muy concreto sobre la eutanasia.

El problema no es el tema en sí, sino la forma. Después de haber construido personajes, de haberte hecho invertir empatía y reconocer su humanidad, el filme da un giro brusco y pretende que aceptes, desde la emoción y no desde la reflexión, que su desaparición es lo correcto. No hay preámbulo, no hay diálogo con el espectador: hay manipulación.                                                                                             Y esto es especialmente delicado porque el cine tiene una potencia que otros medios no tienen. Una imagen, una mirada o un gesto pueden adelantarse a la razón y desactivar cualquier resistencia crítica. Cuando un director utiliza ese poder para imponer una idea ética sin plantearla con honestidad desde el principio, no está invitando a pensar: está utilizando al espectador.

La isla de Belladona no es clara. Si quieres defender una postura, hazlo desde el inicio. Pero no construyas una falsa narrativa emocional para acabar jugando, de forma visceral y poco honesta, con una idea tan delicada.

Con gran valor,

Daniel Sabat




P.D. Ni siquiera voy a puntuar esta película. Cuando se pierde la honestidad, se pierde todo. 

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