La isla de belladona (2026): Jugar sucio con el espectador
El problema no es el tema en sí, sino la forma. Después de haber construido personajes, de haberte hecho invertir empatía y reconocer su humanidad, el filme da un giro brusco y pretende que aceptes, desde la emoción y no desde la reflexión, que su desaparición es lo correcto. No hay preámbulo, no hay diálogo con el espectador: hay manipulación. Y esto es especialmente delicado porque el cine tiene una potencia que otros medios no tienen. Una imagen, una mirada o un gesto pueden adelantarse a la razón y desactivar cualquier resistencia crítica. Cuando un director utiliza ese poder para imponer una idea ética sin plantearla con honestidad desde el principio, no está invitando a pensar: está utilizando al espectador.
La isla de Belladona no es clara. Si quieres defender una postura, hazlo desde el inicio. Pero no construyas una falsa narrativa emocional para acabar jugando, de forma visceral y poco honesta, con una idea tan delicada.
Con gran valor,
Daniel Sabat
P.D. Ni siquiera voy a puntuar esta película. Cuando se pierde la honestidad, se pierde todo.
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