Dentro del laberinto (1986): cine hecho a mano
Puntuación: 9/10💫
Que Dentro del laberinto sea hoy una de las películas más icónicas del cine fantástico se debe a un curioso cóctel de coincidencias. Porque, siendo honestos, lo tenía todo para salir mal. De entrada, poner a David Bowie —con todo su rollo glam ochentero— como rey de un mundo de goblins era una jugada bastante arriesgada. Pero salió bien. Muy bien. Y seamos sinceros: él es una de las grandes razones por las que seguimos viendo la peli hoy.
La otra gran baza está en la puesta en escena. Más que una película, Dentro del laberinto parece un trabajo de orfebrería. Nada está hecho con prisas: cada muñeco, cada criatura, cada esquina del decorado tiene personalidad propia. Y eso se nota. ¿Qué más dan los efectos si, solo para la escena de “Magic Dance”, hizo falta un ejército de más de cincuenta titiriteros moviendo muñecos? Esa mezcla de imaginación, trabajo manual y cierto punto kitsch es lo que hace que Dentro del laberinto siga teniendo magia cuarenta años después.
Quizás por eso nunca ha dejado de fascinar: porque tiene algo que el cine de hoy, tan impecable y digital, apenas conserva. Esa sensación de que detrás de cada plano hay gente sudando, probando, inventando. Dentro del laberinto no busca ser perfecta; busca ser un sueño raro, un poco torpe, pero completamente suyo. Y eso, al final, es mucho más duradero que cualquier efecto especial.
Revisitarla por su cuarenta aniversario en los cines Aribau ha sido toda una experiencia. Además de volver a ser el niño que se quedó fascinado la primera vez, Henson me ha recordado por qué ha pasado al Hall of Fame: porque mostró que el cine, en manos de un verdadero soñador, no es solo entretenimiento, sino una forma de dar vida a lo imposible.
Con gran valor,
Daniel Sabat
P.D. Os recomiendo vivamente otra gran película suya: El cristal oscuro
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