Los domingos frente al mitin de los Goya



Me ha parecido muy sugerente la reflexión de Ana Sánchez de la Nieta acerca de los Goya. En un año en que Los domingos ha dado un giro decisivo a las tendencias del cine español y ha puesto sobre la mesa temas de enorme peso como la fe, de forma delicada y transparente, la gala ha vuelto a convertirse en el mismo mitin político de siempre. La propia Ana lo describe así: «una noche en la que los directores, productores, actores y guionistas dejan unas horas las películas para convertirse en políticos y activistas». Lo que debería ser una noche de reivindicación cinematográfica, en las que las películas fuesen las verdaderas protagonistas, acaba derivando en una sucesión de discursos e intervenciones cargadas de superioridad moral, en una competición por ver quién se muestra más progresista.

Ahora bien, yo no digo que el cine no tenga un componente político. Pero todas las reivindicaciones están, primero, dirigidas desde una misma línea ideológica y, segundo —y esto es todavía más preocupante—, están completamente externalizadas. Como si aquí no pasara nada, estamos constantemente denunciando lacras ajenas, desde la crisis palestina hasta cualquier conflicto o injusticia de moda en redes, siempre que nos permita lucir un discurso moralmente impecable sin asumir responsabilidades reales en nuestra propia casa. Parece que vivamos en el país de las maravillas: un lugar sin problemas de acceso a la vivienda, sin pobreza ni precariedad laboral. Aquí no hay corrupción política, ni violencia de género, ni exministros entre rejas. La cortina de humo funciona a la perfección: los problemas están fuera, no se les ocurra mirar hacia dentro. En fin…

Y para acabar de redondear una velada maravillosa, llega nuestra amiga Sílvia y se queda tan pancha desprestigiando el trabajo de Alauda Ruiz de Azúa y, de paso, cargando contra los católicos y la Iglesia: “ese chiringuito”. El contraste es fuerte. En un año en que Los domingos ha conseguido entablar un diálogo honesto entre creyentes y no creyentes, la respuesta del gremio ha sido cerrar filas y ridiculizar aquello que la película trataba de comprender. Justo cuando el cine parecía abrir una vía de conversación más adulta y matizada sobre la fe, la gala ha preferido refugiarse en el sarcasmo fácil y en el aplauso automático. Quizá el problema no es que el cine sea político, sino que, demasiadas veces, confunde la política con la pose.

Con gran valor,

Daniel Sabat




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