Tres razones para amar/odiar Donnie Darko
Hay películas que se ganan el título de “culto” porque son genuinamente inclasificables. Donnie Darko (Richard Kelly, 2001) es una de ellas: un film rodado en veintiocho días con un presupuesto de apenas 3,8 millones de dólares que, tras un estreno fallido -justo un mes después del 11-S- encontró su público en el mercado doméstico y se ha convertido progresivamente en uno de los fenómenos cinéfilos más discutidos del siglo XXI. A mi, sinceramente, me ha dejado perplejo. Mi posición es indeterminada: hay cosas que me han fascinado y otras que me han echado para atrás. Vamos con ello.
La amo por:
La adolescencia como nunca la has visto en pantalla
¡Qué poder tiene el cine para retratar la adolescencia! Lo que consigue Kelly es transmitir con una precisión casi dolorosa ese extraño período que todos hemos atravesado en el que uno deja de ser niño pero todavía no es un adulto: las incertidumbres, la incomodidad social o la sensación de ser un extraño hasta en el propio mundo. Donnie no es un adolescente arquetípico; es un adolescente muy particular: inteligente, irónico, rebelde con el sistema, con una agudeza para ver las hipocresías del mundo adulto que le resulta tan liberadora como devastadora. Y sí, algo tiene de Holden Caulfield (El guardián entre el centeno), aunque tampoco conviene forzar conexiones trascendentales donde basta con reconocer una sensibilidad común.
Los diálogos: inteligencia con filo
Donnie Darko tiene algunos de los diálogos más conseguidos e incisivos del cine de la highschool. La diferencia con el género convencional, donde los adolescentes son convertidos en refinados pedantes, es que aquí los intercambios tienen una textura real y un filo intelectual que no resulta impostado. En la línea de Dead Poets Society, el caso de Donnie es el de un muchacho que habla bien, no porque toca o queda bien , sino porque es esa clase de adolescente que ha leído demasiado y le da muchas vueltas a sus problemas, y eso tiene consecuencias en su relación con el mundo.
Jake Gyllenhaal: menudo actor
Si hay algo que en la película no resulta dudoso ni interpretable, es la actuación de Gyllenhaal. Con poco más de veinte años construye un personaje de una complejidad excepcional: Donnie es tan violento y sarcástico como vulnerable y afectuoso. El reto es enorme, porque la película pide empatía hacia alguien que, objetivamente, es impredecible y perturbador. Gyllenhaal lo resuelve con una naturalidad asombrosa. Confirmaría después ese talento con una carrera muy notable, con papeles como los de Zodiac o Prisoners.
La odio por:
La psicodelia filosófica: mucho ruido y pocas nueces
Donnie Darko quiere ser muchas cosas, y ahí es precisamente donde se pierde. A ratos quiere ser Lynch, a ratos Kubrick, a ratos una especulación pseudo-filosófica sobre el tiempo y la causalidad, y en ese cruce de ambiciones acaba desbordándose. El problema no es la ambición, sino que la película confunde la ambigüedad con la profundidad. El aparato cuántico-filosófico, los universos tangentes, el libro de Roberta Sparrow, los portales, el Receptor Viviente, todo eso genera la impresión de un sistema conceptual coherente, pero en muchos momentos termina produciendo una confusión que al principio resulta atractiva y después se vuelve repetitiva. Hay una línea muy fina entre sugerir el misterio y esconder un vacío, y la película se acerca demasiado a lo segundo.
El síndrome Lynch: lo onírico como decorado
La estética onírica de Donnie Darko tiene sus momentos, pero en general las secuencias más “lynchianas” de la película no generan una inquietud orgánica, sino una sensación de que la forma está cubriendo un vacío de contenido. Lynch construye mundos oníricos -véase Mulholland Drive o El hombre elefante- con una lógica interna emocional que el espectador no pueda llegar a entender racionalmente, pero sí percibir y sentir. Pero Donnie Darko es una capa fina de pintura, incapaz de ir más allá del impacto visual inmediato y generar profundidad.
El plot twist que se ve venir y que evidencia un guión irregular
El hecho de que una película pretenda elevar intelectualmente al público puede tener consecuencias narrativas negativas. Una de ellas es la estructura de revelación final, ese giro que pretende reorganizar retrospectivamente todo lo visto. El problema no es el giro en sí, sino que el guión juega con la confusión de una manera que depende demasiado del despiste deliberado del espectador. El plot twist implica a nivel narrativo que buena parte de lo que hemos visto carece de consecuencias reales. En Donnie Darko, es difícil no preguntarse si esa vuelta de tuerca no es, en el fondo, una forma elegante de no comprometerse con nada de lo que ha planteado.
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