El odio (1995): de las mejores joyas que nos ha dejado el cine social francés



Puntuación: 9/10💫

«Amigos míos, retened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. Solo hay malos cultivadores». Con esta frase concluye Los miserables, de Ladj Ly: una película que me estremeció y que deja suspendida una idea tan clara como incómoda: el odio y la violencia funcionan como una espiral que termina atrapando a todos aquellos que viven dentro de ella, incapaces de escapar del entorno que los moldea.

Después de verla descubrí que existe toda una tradición de cine francés obsesionada con esta misma herida social. No es casual. Francia lleva décadas arrastrando tensiones derivadas de la inmigración, la marginalidad y el abandono de las periferias urbanas; y buena parte de su cine ha encontrado ahí un terreno fértil para explorar cómo una sociedad puede fracturarse lentamente desde dentro.

Entre todas esas películas, El odio sigue siendo quizá la obra más representativa y la que con mayor precisión logra capturar esa sensación de asfixia social. La premisa es engañosamente sencilla: acompañar durante un día a tres jóvenes —de origen africano, magrebí y judío— que sobreviven en los suburbios parisinos de los años noventa. Pero debajo de esa aparente cotidianeidad se esconde una tensión constante: pobreza, falta de horizontes y una violencia policial que no aparece como un hecho aislado, sino como parte de un mecanismo que se alimenta mutuamente con la rabia, el resentimiento y la agresividad de quienes viven atrapados en él.

A nivel técnico, la película es brillante. El blanco y negro no solo le da personalidad estética, sino que refuerza esa sensación de dureza casi documental, inevitablemente reminiscente de Toro salvaje de Scorsese. Kassovitz juega además con una cámara que a veces se pega al rostro de los personajes y otras se distancia de ellos, como si alternara constantemente entre la intimidad y la observación social. Incluso la inserción de imágenes reales de los disturbios de los noventa contribuye a borrar la frontera entre ficción y realidad.

Pero lo más poderoso del film probablemente sean sus tres protagonistas. Los actores consiguen transmitir una mezcla muy humana de vulnerabilidad, orgullo herido y resentimiento acumulado. Hay momentos en los que resultan violentos, desagradables o incluso miserables; sin embargo, la película nunca cae en el juicio fácil ni en la romantización de sus personajes. Y ahí reside gran parte de su inteligencia: comprender las condiciones que producen esa rabia sin convertirla automáticamente en virtud moral.

Porque El odio no habla solo de víctimas, sino también de cómo el resentimiento puede terminar consumiendo a quienes lo padecen. La película entiende que la precariedad y la exclusión explican muchas cosas, pero no necesariamente las justifican. Y precisamente por eso su mensaje sigue siendo tan devastador: cuando una sociedad abandona a parte de sus ciudadanos, el odio deja de ser una emoción individual para convertirse en una cadena que se perpetúa sola.

Con gran valor, 

Daniel Sabat

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