Normal people y la estetización de la toxicidad (esto no es un discurso moralista)
Después de dos recomendaciones, y tras la tercera, acabé viendo por fin la serie irlandesa Normal People. Galardonada y estrenada hace ya unos años, esta miniserie de doce capítulos de treinta minutos sigue dando mucho que hablar. Y con razón, porque aquí hay bastante tela que cortar.
Antes de que nadie se ofenda, admiro la delicadeza de la serie. Sus personajes están muy bien construidos (sin Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones esto no sería lo mismo), llenos de matices, y el guion es inteligente, sencillo y ajeno a cualquier intelectualismo romántico. Ya solo por eso habría motivos de sobra para alabar esta obra nada pretenciosa, que explora los vaivenes de la relación entre dos jóvenes en la Irlanda del siglo XXI. Sin embargo, hoy no quiero detenerme en cuestiones de ejecución cinematográfica, porque el problema que me interesa es otro, y me parece más importante. Normal People es problemática en su lectura: embellece una relación emocionalmente inestable. Ese logro formal acaba volviéndose en su contra, porque convierte la indecisión, la dependencia y la huida en un relato íntimo y seductor.
Hay series que son directas, que no van con segundas y no maquillan la toxicidad de las relaciones con flores ni con gestos amables. Y hay otras que envuelven su relato de tal modo que aquello que muestran deja de parecer, casi, dañino o negativo. Normal People pertenece a este segundo grupo. Hablar de «toxicidad» en el caso de Connell y Marianne quizá sea excesivo si pensamos en términos de maltrato explícito, y sin embargo la serie retrata un tipo de vínculo que, sin ser deliberadamente dañino, está atravesado por dinámicas muy poco sanas: la incapacidad de comunicar lo que sienten, la dependencia asimétrica, varios intentos de mantener una amistad forzada y un miedo a la intimidad que los empuja una y otra vez a retirarse. Eso es lo que la puesta en escena filma con una sensibilidad que la vuelve casi irresistible, como si encarnaran la pareja ideal. El problema no es que oculte esa inestabilidad, sino que la transforme en una forma de belleza emocional, y eso es todavía más inquietante. Porque la cultura tiene ese poder de modelar patrones y conductas, de legitimar discursos que, bajo su apariencia de verdad sentimental, pueden resultar profundamente dañinos para quien los recibe.
Ese es, para mí, su punto más incómodo. La relación se mueve en una sucesión constante de acercamientos y retiradas, de deseo y renuncia, de dependencia y silencio; en pocas palabras, el clásico juego del gato y el ratón. Y aunque esa ambivalencia pueda leerse como verdad psicológica, la serie la envuelve en una estética tan cuidada que cuesta leerla como síntoma: los silencios se sostienen en primeros planos que parecen pedirnos que confundamos la incapacidad de hablar con hondura emocional, y los reencuentros —pienso ahora en la secuencia de la mansión italiana, con esa luz dorada y la vulnerabilidad a flor de piel— se filman con una belleza que aplana la complejidad del momento y convierte la huida y el regreso en pura poesía visual. Así, el relato no solo representa una experiencia relacional, sino que la legitima estéticamente, y puede consolidar una idea preocupante: que el amor intenso debe doler, que la inestabilidad es profundidad y que la falta de compromiso forma parte del misterio sentimental.
Además, el relato puede reforzar un imaginario bastante reconocible hoy: el del chico que no sabe sostener el vínculo, que vuelve tarde y mal, y que gracias a la melancolía del retrato acaba convertido en una figura romántica en lugar de ser leído como alguien incapaz de cuidar el lazo. Sería injusto cargar todo el peso sobre Connell, porque Marianne tampoco es ajena a esa coreografía: la serie también estetiza su dependencia, su autoestima herida y esa tendencia a desaparecer para no pedir lo que necesita. Lo problemático no es un personaje, sino el vínculo completo, la danza de acercamiento y huida que ambos bailan y que la serie vuelve tan bella que dan ganas de imitarla.
Por eso mi juicio es doble. Normal People es una serie excelente como pieza audiovisual, y además cuenta con una banda sonora magnífica que atrapa desde el primer momento. Pero también es un producto cultural que, como tantos otros hoy, puede alimentar una visión del amor basada en el miedo, la espera y la fragilidad perpetua. No falla por mostrar una relación compleja; falla, si se quiere decir así, por hacer que esa complejidad parezca deseable. No se trata de pedirle a la serie un manual de buenas prácticas sentimentales, sino de señalar que su mirada, al envolver el dolor en tanta elegancia, no invita a la reflexión sino a la identificación deseante. Ahí reside su mayor problema: al narrar la inestabilidad con tanta hermosura, el espectador puede acabar asociando intensidad con verdad y daño con profundidad. Y esa es una idea de la que cuesta desprenderse.
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