¿Por qué 'Licorice pizza' es la mejor película de Paul Thomas Anderson?


Si me escucharan algunos célebres críticos de cine seguramente se reirían de mí, pero hoy vengo a decir por qué creo, con toda sinceridad, que Licorice Pizza es la mejor película del director americano Paul Thomas Anderson, recientemente oscarizado por la sobrevalorada Una batalla tras otra. Precisamente esa misma película o Magnolia, por ejemplo, parecen obras más “importantes”: más densas, más solemnes. Magnolia, para buena parte de los fans de Anderson, sigue siendo la gran obra del director, con esa estructura coral y esa ambición casi bíblica. Yo mismo la adoro, no nos engañemos; ya le he dedicado unas páginas en este blog. Y aun así, cuando pienso en el lugar donde su cine se me hace más cercano, más íntimo y más real, vuelvo una y otra vez, sin remedio, a ese pequeño torbellino setentero que es Licorice Pizza.

Y la gracia está precisamente en la contradicción. A primera vista, es una película que se va por las ramas: llena de desvíos, caprichosa en su manera de encadenar episodios, tan excéntrica como cabría esperar del señor Anderson. Uno puede terminarla pensando: “han pasado muchísimas cosas”, y al mismo tiempo sentir que no existe un conflicto central ni un hilo argumental especialmente sólido que le dé cohesión. Pero es justamente ahí, en esa aparente falta de gravedad y solemnidad, donde la película se vuelve irresistible. Cuanto más se resiste a convertirse en una “gran tesis”, más se parece a un recuerdo borroso, a un pedacito de vida que se nos escapa de las manos.

Frente a la memorable lluvia de ranas y el clímax colectivo de Magnolia, Licorice Pizza se asemeja a una simple anécdota: Gary y Alana se encuentran y, pese a su diferencia de edad, surge entre ellos una química asombrosa. Se desean, se enfadan, se persiguen y vuelven a encontrarse. En Magnolia, Anderson se vestía de Homero para construir una epopeya narrativa sobre el dolor y el perdón; aquí, en cambio, se conforma con seguir a dos personajes que ni siquiera tienen la madurez suficiente para autodeterminarse y que apenas se conocen a sí mismos. Y ahí es donde la película resulta verdaderamente rompedora: entiende que la vida cotidiana rara vez adopta la forma de la tragedia clásica. La vida son cambios de humor, desvíos y decisiones absurdas.

Y mucho Anderson, sí, pero luego está la pareja protagonista: que lo es absolutamente todo. Menudo casting. El director pone toda su maquinaria formal al servicio de dos cuerpos que corren, discuten, se hieren y se buscan sin descanso. Alana Haim y Cooper Hoffman sostienen la película incluso cuando la narrativa parece perderse; su energía, su torpeza y su gracia consiguen que cada escena, por caótica que sea, tenga un arco emocional natural y nunca arbitrario. Juntos terminan construyendo un verdadero ensayo sobre el deseo, el orgullo y la confusión juvenil.

Y su estructura episódica no debería entenderse como un defecto, sino como la forma más honesta y empática posible de retratar esa etapa de la vida. La adolescencia —y puedo hablar con cierta seguridad porque la he dejado atrás hace relativamente poco— no es una línea recta ni culmina en un gran final claro y catártico. Es un cúmulo de trabajos raros, proyectos fracasados, enamoramientos mal gestionados y noches de éxtasis y soledad simultáneos en las que uno nunca sabe muy bien hacia dónde va. Y ahí está precisamente el porqué de Licorice Pizza: porque abraza esa deriva. En vez de querer tenerlo todo perfectamente hilado, deja que los personajes respiren, se equivoquen y cambien constantemente de rumbo. A algunos esa falta de foco puede echarlos para atrás; a mí, en cambio, me hace sentir que estoy viendo algo vivo, algo con lo que puedo comulgar emocionalmente.

Por eso, cuando repaso la filmografía de Anderson, Licorice Pizza me parece su película más genuina. Y aviso para navegantes: no es la más redonda, ni la más ambiciosa, ni la que mejor quedaría en una lista de “las mejores películas del siglo”. Pero sí es aquella donde siento que su cine deja, por una vez, de intentar demostrar algo y simplemente vive junto a sus personajes. En ese gesto de humildad autoral, en esa ligereza que nunca oculta la melancolía, reside para mí su verdadera belleza y su auténtica grandeza.

Con gran valor,

Daniel Sabat



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